jueves, noviembre 09, 2006

[3]. la vida fluye.

Pues si compadre, la vida fluye, y todo además. Unas veces más rápido, otras veces más lento, pero fluye. Y eso es lo divertido, lo apasionante de la vida.

Ayer me dijo una niña, mientras el viento del columpio movía la capucha de su abrigo rojo, “me gustaría subir hasta el cielo, hasta las estrellitas, y después dormir ya”. Me quedé acomplejado. Y sonreí. Le dije que eso estaba muy lejos, que mejor iríamos al sol. Que también era una estrella. No le convencí, por que más tarde me preguntó si sabía como eran las estrellas. Yo le dije: ‘si como el sol’. Ella me dijo: ‘que va, las estrellas tienen pinchos’, y dijo algo mas, que ya no recuerdo. Quizá si lo recuerde y no me quiera dar cuenta. El caso es que esa niña en ese columpio quiso volar. Mucho más lejos de lo que yo me haya planteado nunca. ‘Hasta el cielo, hasta las estrellitas’. Quizá nos falte a todos un poco de piterpanes en nuestras vidas. No se que yugos nos ponemos en los hombros que nos impiden mover el columpio y sentir la brisa cada vez mas fuerte en nuestras caras, en nuestros abrigos, en nuestras capuchas rojas. No entiendo el porqué. Nos auto-envejecemos cada minuto, perdemos sueños, perdemos el soñar, y así lo único que perdemos es el ansia de encontrar el puñetero frasco de azúcar glasé. Esa niña no entendía de yugos, ni de pesos, ni de fuerza, ni de dinero, solo entendía que cada vez veía mas cerca las estrellas, ¡y no necesitaba quien el columpiara! Eso si que es un avance. Lograr que no te columpie nadie, y que todo fluya según tus ganas de volar, de remar en el lago, en el río de aguas turbulentas. Que fluya. Rápido, lento, a trompicones, a gusto del consumidor.

Rápidamente me doy cuenta de que mis remos se paran, y que mi barca no va a la velocidad que deseo. Esa idea me atormenta, por que sigo viendo la línea del horizonte imperfecta. No, no es una línea continua, lisa, perfecta. Tiene demasiados baches, demasiados agujeros, demasiadas cuestas, y mi barca se para.
Levantando ligeramente las piernas, volviéndolas a echar hacia atrás, levantándolas de nuevo, así consigo que mi columpio se mueva, que vuele hacia el horizonte, hacia ese horizonte imperfecto, hacia ese que hay que cambiar. Asimismo muevo mi barca, remando hacia delante, a derecha y a izquierda con el único objetivo de alcanzar el horizonte.

En este largo vuelo me encontraré con tiburones, como aquellos de los que hablaba Bertold Brecht, esos que serían personas y nos invitarían a entregarnos a sus fauces con alegría. Comprendiendo que es lo mejor que podemos hacer. Entregarnos a ellos y aquellos peces gordos y grises que con las panzas brillantes nos invitarán a introducirnos en sus gargantas para hacer así aun más brillante y gorda su panza. Para que estos grandes peces continúen saciando el hambre de los grandes y triunfadores tiburones. Tendré que inventar algo. Si bien acepto formar parte de aquellas panzas grises, no será para que me devoren si no para explotarlos por dentro, hacer explotar mi barca dentro de sus tripas e inundar todo el mar de amor y de color, con las panzas brillantes y grises de los malditos peces gordos. Que ahora se convertirán en guirnaldas y confetis, en fuegos artificiales para el asombro del respetable. Eso inventaremos. Y por los anos ya desvalidos de nuestros peces gordos, haremos pasar nuestros remos, una y otra vez, para que jamás vuelvan a pensar en reventar nuestros sueños. Malditos peces gordos.

Algo habrá que inventar para los tiburones. Tras tanta violencia se nos debería de ocurrir algo de sosiego. Algo tranquilo, que les atormente poco a poco. ¿O sería mejor acabar con ellos rápidamente? Tal vez sea mejor la primera opción.

Taponaremos sus anos con las carcasas de nuestros fuegos artificiales, y les daremos de comer nuestros confetis y guirnaldas. Poco a poco engordaran, hasta tal punto que reventarán. Al fin y al cabo deberían de morir felices, ya que ha sido siempre su único objetivo, deglutir. Así pues, no nos juzguéis, defensores de la moralidad, solo les hacemos un favor.

Así por fin, y de una vez por todas, podremos continuar remando nuestras barcas hacia nuestros horizontes. Cada uno el suyo, y el de todos será el de uno mismo, en grupos, de dos en dos, de tres en tres, juntos hacia el horizonte. Yo ya lo estoy viendo, seguramente, detrás de esa especie de colina rojiza por el sol del atardecer, brilla el frasco. Mi frasco. Tu frasco. Ahí esta, al alcance de tu mano.