miércoles, noviembre 22, 2006

[6]. ¿dónde estoy?.

A veces es difícil mantener la locura. A veces es muy difícil no caer en la soledad del cuerdo. A veces lo más fácil de todo es actuar con cordura, parecer cuerdo y no importarte la locura. Sigo estando loco. Pero mis esfuerzos me cuesta. Desde que me levanto hasta que me acuesto, desde la noche a la mañana, loco. Sin embargo parezco cuerdo. Eso intento, pero hay veces que me gustaría zarandear al cuerdo, golpear su mirada, gritar en sus ojos, llorar en sus oídos. Pero no son más que vagos intentos, pequeños granos en el lagrimal de un ojo que no ve nada, en un ojo inerte, en una cabeza sin sueños, en un día gris y nublado. Esto es lo que hay.

Intentamos día a día entorpecer la locura, poniendo trabas a la imaginación, auto-impedimentos para finiquitar nuestros sueños, barreras en nuestros ojos que impedirán siempre, ver dentro de nuestros corazones. La corrección, la rectitud y el saberse sabio son características que cada uno de nosotros va adoptando con el paso del tiempo. Son a la vez causas y efectos del mundo que nos rodea. ¿Qué fue antes la gallina o el huevo? ¿Qué fue antes el mundo o el hombre? ¿Por que el mundo es mundo? ¿Por qué este mundo es este mundo? ¿Quién ha forjado a este hombre? ¿Quién si no el para darnos la respuesta? El hombre no tiene respuestas. Tan solo es capaz de moverse hacia delante, en el tablero lineal del mundo. Siguiendo las casillas, unas detrás de otras, debidamente graduadas con la debida distancia entre la una y la otra, con una altura exacta entre una y la siguiente, donde el más mínimo resbalón te hace caer hasta la primera considerándote los de delante y los de detrás un fracasado. Condenado, mediocre, maldito, resbalaste y eso no lo perdonará nadie. Al revés. Tu corazón te lo pintarán negro, y ya no serás el cuerdo que todo el mundo te consideró. Ahora serás un loco más, uno de esos que, a la altura en la que estamos, ya no deben de quedar. Uno de esos locos soñadores. Y entre risas la gente murmurará, ‘allá va, allá va, ese que sueña, ese loco’.

Pero en esa eterna fila de casillas, el camino cada vez se estrecha más, y más, y más. Y cada vez es más angosto, y al final el camino, se convierte en un hilo. Un hilo tenso, fuerte, de acero, fuerte, tenso. Y cada vez, los de atrás te empujan más, y lo de adelante te arengan, continua, sigue, más rápido, mas fuerte, mas, corre, corre.

Solo te quedan dos opciones, cortarte con tu camino bien colocado de baldosas, negras y blancas, el tablero lineal del mundo, y la otra es caerte. Te caerás a la primera casilla, a la de los mediocres y malditos. Pero no te apures. Nunca te apures. Todo el mundo lleva ya los pies cortados, el corazón negro y los ojos muertos. Todos somos ya iguales. El mundo es una tremenda yogurtera, que poco a poco con calorcito nos da forma y nos da textura dentro de unos moldes bien perfectos, redondos o cuadrados, pero perfectos. El calor justo, la forma justa, el suero justo, la energía justa, con fecha de caducidad, …, tranquilos, la fecha la van alargando, debes de cotizar los suficiente para poder hacer mas huecos en la yogurtera.
Yo me releo estos últimos párrafos y, sinceramente, no encuentro nada diferente a lo que voy leyendo en otros libros. Ya lo sabemos. Somos grises. Nuestras vidas son grises, todo es gris. Mucha gente antes lo dijo, y mucha más gente detrás lo dirá. De una forma u otra. Con mayores o menores inexactitudes, más o menos poético, pero al final es siempre lo mismo.

Desde mi pupitre solo se me ocurre una razón que hace que, esta masa inerte que se menea bajo nuestros pies, tenga ese color tan repulsivo como el gris. Y a ti se te ocurrirá otra, compadre, y al de más allá otra. El tirano dirá que es por el pueblo. El pueblo dirá que es por sus líderes. El viejo dirá que es el joven, el joven dirá que lo ha heredado. Y solo los locos dirán que fueron ellos. Serán ellos los que digan que nadie tiene la culpa más que ellos. Ellos son los responsables de toda esta mierda. Por que no soñaron lo suficiente, no despeinaron lo suficiente su corazón, no pintaron de nunca sus manos de blanco, no hicieron todo lo que pudieron. Con esa energía del loco, con esa energía deberemos de continuar persiguiendo a esa mierda gris. Deberemos de mirar por debajo, y por encima, por detrás y por delante, hasta que encontremos eso que ya sabes. Ese polvo bonito, inoloro, complejo. Nuestro azúcar glasé.

Por eso, estoy donde estoy. Por que esta situación algún día acabará. Algún día esa masa gris explotará y llenará, como los tiburones, el cielo de guirnaldas, las mesas de pupitres, y nuestros ojos de nuevas metas, de nuevos horizontes y de nuevos sueños. No lo veremos, pero llegará.

jueves, noviembre 09, 2006

[3]. la vida fluye.

Pues si compadre, la vida fluye, y todo además. Unas veces más rápido, otras veces más lento, pero fluye. Y eso es lo divertido, lo apasionante de la vida.

Ayer me dijo una niña, mientras el viento del columpio movía la capucha de su abrigo rojo, “me gustaría subir hasta el cielo, hasta las estrellitas, y después dormir ya”. Me quedé acomplejado. Y sonreí. Le dije que eso estaba muy lejos, que mejor iríamos al sol. Que también era una estrella. No le convencí, por que más tarde me preguntó si sabía como eran las estrellas. Yo le dije: ‘si como el sol’. Ella me dijo: ‘que va, las estrellas tienen pinchos’, y dijo algo mas, que ya no recuerdo. Quizá si lo recuerde y no me quiera dar cuenta. El caso es que esa niña en ese columpio quiso volar. Mucho más lejos de lo que yo me haya planteado nunca. ‘Hasta el cielo, hasta las estrellitas’. Quizá nos falte a todos un poco de piterpanes en nuestras vidas. No se que yugos nos ponemos en los hombros que nos impiden mover el columpio y sentir la brisa cada vez mas fuerte en nuestras caras, en nuestros abrigos, en nuestras capuchas rojas. No entiendo el porqué. Nos auto-envejecemos cada minuto, perdemos sueños, perdemos el soñar, y así lo único que perdemos es el ansia de encontrar el puñetero frasco de azúcar glasé. Esa niña no entendía de yugos, ni de pesos, ni de fuerza, ni de dinero, solo entendía que cada vez veía mas cerca las estrellas, ¡y no necesitaba quien el columpiara! Eso si que es un avance. Lograr que no te columpie nadie, y que todo fluya según tus ganas de volar, de remar en el lago, en el río de aguas turbulentas. Que fluya. Rápido, lento, a trompicones, a gusto del consumidor.

Rápidamente me doy cuenta de que mis remos se paran, y que mi barca no va a la velocidad que deseo. Esa idea me atormenta, por que sigo viendo la línea del horizonte imperfecta. No, no es una línea continua, lisa, perfecta. Tiene demasiados baches, demasiados agujeros, demasiadas cuestas, y mi barca se para.
Levantando ligeramente las piernas, volviéndolas a echar hacia atrás, levantándolas de nuevo, así consigo que mi columpio se mueva, que vuele hacia el horizonte, hacia ese horizonte imperfecto, hacia ese que hay que cambiar. Asimismo muevo mi barca, remando hacia delante, a derecha y a izquierda con el único objetivo de alcanzar el horizonte.

En este largo vuelo me encontraré con tiburones, como aquellos de los que hablaba Bertold Brecht, esos que serían personas y nos invitarían a entregarnos a sus fauces con alegría. Comprendiendo que es lo mejor que podemos hacer. Entregarnos a ellos y aquellos peces gordos y grises que con las panzas brillantes nos invitarán a introducirnos en sus gargantas para hacer así aun más brillante y gorda su panza. Para que estos grandes peces continúen saciando el hambre de los grandes y triunfadores tiburones. Tendré que inventar algo. Si bien acepto formar parte de aquellas panzas grises, no será para que me devoren si no para explotarlos por dentro, hacer explotar mi barca dentro de sus tripas e inundar todo el mar de amor y de color, con las panzas brillantes y grises de los malditos peces gordos. Que ahora se convertirán en guirnaldas y confetis, en fuegos artificiales para el asombro del respetable. Eso inventaremos. Y por los anos ya desvalidos de nuestros peces gordos, haremos pasar nuestros remos, una y otra vez, para que jamás vuelvan a pensar en reventar nuestros sueños. Malditos peces gordos.

Algo habrá que inventar para los tiburones. Tras tanta violencia se nos debería de ocurrir algo de sosiego. Algo tranquilo, que les atormente poco a poco. ¿O sería mejor acabar con ellos rápidamente? Tal vez sea mejor la primera opción.

Taponaremos sus anos con las carcasas de nuestros fuegos artificiales, y les daremos de comer nuestros confetis y guirnaldas. Poco a poco engordaran, hasta tal punto que reventarán. Al fin y al cabo deberían de morir felices, ya que ha sido siempre su único objetivo, deglutir. Así pues, no nos juzguéis, defensores de la moralidad, solo les hacemos un favor.

Así por fin, y de una vez por todas, podremos continuar remando nuestras barcas hacia nuestros horizontes. Cada uno el suyo, y el de todos será el de uno mismo, en grupos, de dos en dos, de tres en tres, juntos hacia el horizonte. Yo ya lo estoy viendo, seguramente, detrás de esa especie de colina rojiza por el sol del atardecer, brilla el frasco. Mi frasco. Tu frasco. Ahí esta, al alcance de tu mano.

jueves, noviembre 02, 2006

[2]. entornos.

Con aquel que buscaba el dulce y bonito azúcar glasé, continuaré buscando y viviendo los diferentes entornos que mueven mis tobillos mientras camino. ¿De que me serviría caminar solo por un camino sin pararme en la multitud de posadas que me voy encontrando? No serviría de nada. Encontraré posadas autoritarias, con ticket en la puerta, con orden de entrada, donde un señor grande, gris, con enormes bolsas bajo sus ojos tristes, con su traje brillante por el uso, con esa corbata ceñida al cuello y atada a su bonita camisa azul de rayas con una enorme aguja chapada en oro que cuidadosamente su “señora esposa” ha limpiado por la mañana, que al grito de ¡alto!, me obligará a enseñarle “el carné de los tristes”. Entonces entraré, en esa maldita posada y observaré todo. Observaré a todas las personas que entren en ella, y pediré el libro de visitas para leer quien ha entrado en ella. Y pediré el libro de reclamaciones, con el único propósito de leer aquellas razones por las que las personas que pasaron por allí no se encontraron lo suficientemente a gusto. Y lo encontraré vacío. Nadie escribió nunca nada en esas páginas. Nadie. Pero allí entraré por que quizá encuentre algún indicio de dónde carajo metí mi bonito bote de azúcar glasé.

Entraré también en las posadas del amor. Donde todo sea bonito. Donde estés tu, y él, y ella. Allí me encontraré bien, pero no entraré para descansar. Entraré a pintar cada una de sus habitaciones, ha hacer obras continuamente. Primero dejare el piso diáfano. El baño en esa esquina, la cocina en el centro, el dormitorio con el balcón que da hacia ese bonito río que correrá por debajo de nuestros pies para que la luna de julio se refleje, y nos de consejos de cómo cantar según qué canciones, y nos escuche cuando comenzamos nuestra historia, una y otra vez. Y a final de mes, volveremos a pintar las paredes, y no nos gustará, y pondremos papeles de colores. Y los días que no sean tan bonitos, abriremos una ventana nueva, para que nuestros corazones griten tranquilos desde nuestras gargantas y nos escuchemos directamente sin el eco de las paredes vacías.

Entraré también en alguna posada donde me impidan la entrada. Entraré desnudo y solo leeré el libro del “reservado derecho de admisión” para entender los porqués de ese impedimento. Seguiré, seguramente, sin entender nada, pero al menos saldré de ella vestido. Más rico, por que les habré robado parte de su saber, y yo seré más ignorante. Pero más feliz. Por haber entrado, por que me lo impidieran, por que me lo impidieron, por que tendré que correr a la salida, por que si. ¿Y por que no?

Y supongo que entraré en la casa de los sabios disidentes. Allí será donde más me ría. De donde más rico saldré. Me reiré continuamente de sus falsedades, debilidades, tristezas, sabidurías, complejos, juicios, prejuicios, bondades y maldades, tonterías, …. Tendrán la posada llena de mierda, y los colores de las habitaciones no serán colores. Las paredes serán de cristal, no podrán pintarlas nunca, y de una habitación no se verá la de al lado, y tendrán las paredes arañadas por que su sabiduría es la mas grande de las ignorancias y pensarán que en su posada es donde mejor se come. Pobres ilusos. No hay nadie más triste que el que lo sabe todo. Lo sepa o no. A este paso con tantos juicios preestablecidos me prohibirán la entrada en todas las posadas de todos los caminos. ¿Qué puedo hacer? Continuar entrando en posadas, donde me salgan a recibir, donde me salgan a perseguir, donde no me quieran ver, donde me amen, donde les sea indiferente, donde me sean indiferentes, continuaré probando y buscando posadas e indicios de me digan donde ostias metí mi bonito frasco de azúcar glasé.