[1]. sobre la vida y el caos.
Ayer fui un loco. Fui un loco por andar. Andaba y los que están sentados miraban. No entendieron el movimiento de mis pies. ¿Cómo alguien puede sentir a estas alturas que el viento de sus pasos despeine lo más profundo de su corazón? ¿Cómo alguien puede sentir ilusión, a estas alturas de la vida, por el cambiante color de sus zapatos al mezclarse con las baldosas? ¿Cómo puede haber alguien, en la altura en la que estamos, capaz de regocijarse con una simple chincheta clavada en la mugre que estropea sus zapatos? Pues que quiere que le diga compadre. Aún queda gente así. Capaz de preguntarse esas, y muchas otras preguntas, a las cuales solo puedo contestar con la desobediencia. Aún queda lo peor. Lo peor es, compadre, que cada vez hay más preguntas, cada vez hay más preguntadores, cada vez hay más dudas. Y cada vez hay menos respuestas. Y no se me ocurre la forma de contestar. Para ello debería de parar. Debería de descansar. Y eso no es posible. Eso significaría que el caos inundaría mi vida, de la misma forma que inunda a los que preguntan. Prefiero el caos de los que andan. Los que andan preguntan, eso es cierto, pero a cada pregunta le surge una respuesta, en el suave ritmo de sus cordones al caminar. Caminar. Caminar. Caminar. Caminar.
Ayer fui un loco por andar. Y desde dentro de mi locura creo que un paso vale infinitamente más que mil palabras de la cordura de una de esas preguntas sin respuesta. Por esta razón, no miraré a los que me miran, a los que denuncian mi locura, a los que quieren que pare, a los que quieren que la ilusión se ahogue entre almohadas, a los que miran desde su balcón, extrañados, a la gente que anda, a los que incitan a la posesión, a los que poseen, a los que miran desde el pedestal los errores de mis pasos, a los que juzgan mis recorridos sin sanar los chichones de mi frente, a los que se cansan, a los que en la meditación pierden la inercia del que anda, a los que tragan sin masticar, a los que degluten el día a día sin saborear la fina capa de azúcar glasé que suavemente roza nuestros pasos al caminar.
Joder, y todo esto sin ahondar en el conocimiento ajeno, en todo aquello que lleva al personal a caminar. ¿Por qué caminas? No lo se. Camino.
¿Y que es la vida, sino una sucesión de pasos entre los azucares, las postillas, las cicatrices, las sales, las selvas, los caminos, las historias, los sentidos, los golpes, las andanzas, los laberintos, las enseñanzas, los dolores, los sinsabores, el olor, el sudor, la mierda, la flor, la nube, la tormenta, el sol, la tierra, la noche, el vuelo, la carrera, la desidia, las esquinas y las farolas del corazón? Ahí cabe todo compadre, por más que se empeñen los negociantes de ideas, aquellos que lo saben todo, aquellos que no callan, aquellos que no escuchan, todos ellos empeñados en hacer callar la voz disidente de nuestros corazones. Y todas aquellas personas que desde la disidencia creen más alta su meta por el mero hecho de ser suya, de poseerla. A todos ellos mi más sincero pésame, por la muerte de todos y cada uno de sus tristes corazones. Por que nada hay más grande que vaya a pasar por debajo de nuestros pies que las metas de los que caminan. En grupos, por parejas, solos, en manada, nunca en coche, eso es para los quietos. Nada que nos haga mas felices que las metas de los compañeros que cantan caminando, de los que triunfan desde el más recóndito de los charcos del camino. No hay nada peor que ver la meta en un sillón. Que verla en la autocomplacencia del que lo grita todo. Ese lo tira todo por el suelo, se atraca de azúcar glasé pero no siente los pasos ni el suave ritmo de los cordones al caminar. Malditos disidentes que lo saben todo. Ellos no disiden de nada. Solo disiden de nuestras metas, de nuestros pasos, de nuestros cordones. Seguramente que su ritmo sea más apasionante, mas vivaz, mas elocuente, más atrevido, seguramente sea más. Pero como lo saben todo, no son disidentes, ellos no perdonan nuestra ignorancia, ellos ya saben lo que hay detrás de esa puerta. Por eso no son disidentes de nada, más que de nosotros.
Y ayer era loco por andar. Y hoy seré loco por cagarme en el disidente sabio. Un disidente siempre será ignorante. Siempre será un iluso de mierda que tenga que destapar absolutamente todos los frascos para adivinar donde narices metió el azúcar glasé. Realmente se acuerda. Perfectamente. En el del tape naranja, que estaba ligeramente rayado por arriba y se pegaban las manos por el pegamento mal fregado del precio. Pero no se atreve a rebuscar en su cerebro. Prefiere abrirlos todos, prefiere buscar, prefiere divertirse buscando. Prefiere abrir todos los cajones de todos los armarios de todas las habitaciones, para encontrar todos los frascos y abriéndolos uno a uno, acordarse de que el azúcar glasé no huele y que no tendrá más remedio que probarlos todos y cada uno. Lo más divertido de todo es que seguro que hay alguien que desde su pupitre recuerda al caótico buscador de azúcar glasé, la locura que le invade y el caos que tiene en el pasillo. ¡! Tienes todos los frascos abiertos !¡ ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Cómo puedes vivir así? ¿No te das cuenta que el azúcar glasé la guardé en el frasco del tape naranja? Lo saben todo. Siempre ganan. Ellos creen que ganan. ¿Y lo bien que lo pasé, probando todos los frascos? Eso solo queda para nosotros. Eso es lo más divertido de todo. Que hemos estado mirando, observando, chupando, sudando, meándonos, saltando, rebuscando, abriendo, cerrando, riéndonos, …, caminando. Soñando.
Ayer fui un loco por andar. Y desde dentro de mi locura creo que un paso vale infinitamente más que mil palabras de la cordura de una de esas preguntas sin respuesta. Por esta razón, no miraré a los que me miran, a los que denuncian mi locura, a los que quieren que pare, a los que quieren que la ilusión se ahogue entre almohadas, a los que miran desde su balcón, extrañados, a la gente que anda, a los que incitan a la posesión, a los que poseen, a los que miran desde el pedestal los errores de mis pasos, a los que juzgan mis recorridos sin sanar los chichones de mi frente, a los que se cansan, a los que en la meditación pierden la inercia del que anda, a los que tragan sin masticar, a los que degluten el día a día sin saborear la fina capa de azúcar glasé que suavemente roza nuestros pasos al caminar.
Joder, y todo esto sin ahondar en el conocimiento ajeno, en todo aquello que lleva al personal a caminar. ¿Por qué caminas? No lo se. Camino.
¿Y que es la vida, sino una sucesión de pasos entre los azucares, las postillas, las cicatrices, las sales, las selvas, los caminos, las historias, los sentidos, los golpes, las andanzas, los laberintos, las enseñanzas, los dolores, los sinsabores, el olor, el sudor, la mierda, la flor, la nube, la tormenta, el sol, la tierra, la noche, el vuelo, la carrera, la desidia, las esquinas y las farolas del corazón? Ahí cabe todo compadre, por más que se empeñen los negociantes de ideas, aquellos que lo saben todo, aquellos que no callan, aquellos que no escuchan, todos ellos empeñados en hacer callar la voz disidente de nuestros corazones. Y todas aquellas personas que desde la disidencia creen más alta su meta por el mero hecho de ser suya, de poseerla. A todos ellos mi más sincero pésame, por la muerte de todos y cada uno de sus tristes corazones. Por que nada hay más grande que vaya a pasar por debajo de nuestros pies que las metas de los que caminan. En grupos, por parejas, solos, en manada, nunca en coche, eso es para los quietos. Nada que nos haga mas felices que las metas de los compañeros que cantan caminando, de los que triunfan desde el más recóndito de los charcos del camino. No hay nada peor que ver la meta en un sillón. Que verla en la autocomplacencia del que lo grita todo. Ese lo tira todo por el suelo, se atraca de azúcar glasé pero no siente los pasos ni el suave ritmo de los cordones al caminar. Malditos disidentes que lo saben todo. Ellos no disiden de nada. Solo disiden de nuestras metas, de nuestros pasos, de nuestros cordones. Seguramente que su ritmo sea más apasionante, mas vivaz, mas elocuente, más atrevido, seguramente sea más. Pero como lo saben todo, no son disidentes, ellos no perdonan nuestra ignorancia, ellos ya saben lo que hay detrás de esa puerta. Por eso no son disidentes de nada, más que de nosotros.
Y ayer era loco por andar. Y hoy seré loco por cagarme en el disidente sabio. Un disidente siempre será ignorante. Siempre será un iluso de mierda que tenga que destapar absolutamente todos los frascos para adivinar donde narices metió el azúcar glasé. Realmente se acuerda. Perfectamente. En el del tape naranja, que estaba ligeramente rayado por arriba y se pegaban las manos por el pegamento mal fregado del precio. Pero no se atreve a rebuscar en su cerebro. Prefiere abrirlos todos, prefiere buscar, prefiere divertirse buscando. Prefiere abrir todos los cajones de todos los armarios de todas las habitaciones, para encontrar todos los frascos y abriéndolos uno a uno, acordarse de que el azúcar glasé no huele y que no tendrá más remedio que probarlos todos y cada uno. Lo más divertido de todo es que seguro que hay alguien que desde su pupitre recuerda al caótico buscador de azúcar glasé, la locura que le invade y el caos que tiene en el pasillo. ¡! Tienes todos los frascos abiertos !¡ ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Cómo puedes vivir así? ¿No te das cuenta que el azúcar glasé la guardé en el frasco del tape naranja? Lo saben todo. Siempre ganan. Ellos creen que ganan. ¿Y lo bien que lo pasé, probando todos los frascos? Eso solo queda para nosotros. Eso es lo más divertido de todo. Que hemos estado mirando, observando, chupando, sudando, meándonos, saltando, rebuscando, abriendo, cerrando, riéndonos, …, caminando. Soñando.
