lunes, enero 08, 2007

[8]. Lo efímero.

Efímero es el éxito del loco. Y asi deberá de ser. De otra forma el loco se convertirá en cuerdo. Eso no lo queremos. Ya sabemos que ocurre. Está Claro. El cuerdo se siente motivado, exitoso, se cree su verdad más que el mundo. Su verdad por encima de todo, por encima de todos. Hasta que su viaje acaba en casa, en su silla, sentadito me quedé. Enseguida comienzan las pesquisas para que su éxito prevalezca sobre el resto. No, no, no. Eso no esta bien. Nosotros lo sabemos. Estamos locos. Por eso sabemos que todo es efímero, y que después de un éxito, después de una calle o después de una puerta deberá de haber algo, nunca lo mismo. De la misma forma que a una calle le sigue una plaza u otra misma calle que pronto se convertirá en parque, una puerta siempre lleva detrás una habitación, un pasillo que acabará en habitación, hay un algo. No sabemos qué, pero hay algo. Después del éxito no debe de haber euforia, ni nostalgia de ese precioso tiempo pasado. No hay nada más efímero que el tiempo.

El tiempo pasa. Tus hechos no. Eso siempre estará aquí, y eso siempre será nuestro. Y no se lo dejaremos ver a ningún cuerdo. A ver si se lo van a quedar para ellos, y que intenten evangelizar. De eso también sabemos un poco. Hemos vivido en un estado evangelizador continuo, y cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde para todo. Para todo salvo para limpiar nuestra casa. Nuestra casa se construyó en suelo virgen, donde sabes perfectamente que ninguna fuerza evangelizadora entró antes. Nuestra casa es la selva, donde todo conocimiento crece sin cesar, crece sin parar, sin que las guadañas inmovilistas de los cuerdos corten nada. No nos hace falta nitrato, ni sulfato, ni abono … . Así es lo que vivimos y donde vivimos. Fotosintetizamos lo que vemos y lo convertimos en energía para vivir y seguir dando pasos hacia la tierra prometida, hacia la casa de todos, purificamos el ambiente ennegrecido por la incapacidad de amar, de luchar y de pensar. La esencia de nuestro crecimiento es que nos regamos por goteo. Goteo de amor, de lucha, de conocimiento, de dialéctica, de ideas, de ilusión, y así es nuestra selva, así nuestros alimentos. Y así nos va. Somos bonsáis. Qué le vamos a hacer!! Pero no seremos nunca efímeros.

Por todo esto y mucho más creemos que nosotros no somos efímeros, y nada de lo que nos mueve lo es. Así, no tenemos éxitos. Lo que para ellos son éxitos para nosotros son solo pasos en el desierto. En el desierto que ellos crearon, que ellos evangelizaron y, lo que es peor, que ellos creen y hacen creer. No lo podemos evitar, caminamos libres en un desierto, vemos lo que otros no ven, pero nuestra verdad seguramente no será la absoluta. De eso estamos seguros. Queda mucho que aprender, que investigar, muchas gotas en nuestro riego, muchas hojas que desplegar, ramas que crezcan hacia todas las direcciones, hacia el sol, hacia dentro, hacia fuera, hacia abajo y hacia el este. Aun hay demasiados desiertos que regar y que cultivar. Miles y miles de campos yermos donde no crece mas que la angustia, la envidia, el desamparo, el negro, el gris, las piedras, el desconocimiento, la desconexión. Y las pocas ganas de crecer son rápidamente sulfatadas por los “libre-pensadores” de la evangelización democrática de las palabras. Aquellos que se creen poseedores de la palabra, aquellos que quitan y dan el significado a las palabras, aquellos conquistadores del lenguaje, aquellos que desertizan mentes a favor de la democracia y la libertad. La palabra ya no es palabra, igual que la democracia nunca lo llego a ser. Ahora la palabra es efímera, hoy esta aquí, mañana allá, y solo es un código de ceros y unos que nadie sabe ya descifrar. La palabra se va, y la que hoy nos dan, mañana nos la quitan, son sus pequeños éxitos cotidianos. Y les hace pensar que tienen la razón. Y lo que es más peligroso. La tienen. Pero no por que lo pensemos, si no por que no les decimos NO. Toneladas de mentes yermas, cientos de miles de desiertos dicen si, quiero, dámelo todo, de primero ensalada de palabras, de segundo democracia al curry, de postre libertad rehogada con cachelos, y para bajarlo todo un chupito de bienestar. Y el menú también es efímero, por que los cachelos se acaban, el curry también, y el aguardiente…, pero jamás se acabará la democracia, la libertad y el bienestar. Jamas. Antes nos matarían a todos. Es su sustento.

Regaremos lo yermo con todo lo citado anteriormente hasta que el maldito diluvio universal inunde vuestros corazones y ahogue vuestra ansia de demoler, de pulverizar y de sulfatar cualquier brote de nuestra selva. Crecemos y no seremos efímeros. Tu que sabes reza. Reza a tu dios, por que nos cagaremos en vuestra boca abierta y la mierda os inundará los pulmones.

miércoles, noviembre 22, 2006

[6]. ¿dónde estoy?.

A veces es difícil mantener la locura. A veces es muy difícil no caer en la soledad del cuerdo. A veces lo más fácil de todo es actuar con cordura, parecer cuerdo y no importarte la locura. Sigo estando loco. Pero mis esfuerzos me cuesta. Desde que me levanto hasta que me acuesto, desde la noche a la mañana, loco. Sin embargo parezco cuerdo. Eso intento, pero hay veces que me gustaría zarandear al cuerdo, golpear su mirada, gritar en sus ojos, llorar en sus oídos. Pero no son más que vagos intentos, pequeños granos en el lagrimal de un ojo que no ve nada, en un ojo inerte, en una cabeza sin sueños, en un día gris y nublado. Esto es lo que hay.

Intentamos día a día entorpecer la locura, poniendo trabas a la imaginación, auto-impedimentos para finiquitar nuestros sueños, barreras en nuestros ojos que impedirán siempre, ver dentro de nuestros corazones. La corrección, la rectitud y el saberse sabio son características que cada uno de nosotros va adoptando con el paso del tiempo. Son a la vez causas y efectos del mundo que nos rodea. ¿Qué fue antes la gallina o el huevo? ¿Qué fue antes el mundo o el hombre? ¿Por que el mundo es mundo? ¿Por qué este mundo es este mundo? ¿Quién ha forjado a este hombre? ¿Quién si no el para darnos la respuesta? El hombre no tiene respuestas. Tan solo es capaz de moverse hacia delante, en el tablero lineal del mundo. Siguiendo las casillas, unas detrás de otras, debidamente graduadas con la debida distancia entre la una y la otra, con una altura exacta entre una y la siguiente, donde el más mínimo resbalón te hace caer hasta la primera considerándote los de delante y los de detrás un fracasado. Condenado, mediocre, maldito, resbalaste y eso no lo perdonará nadie. Al revés. Tu corazón te lo pintarán negro, y ya no serás el cuerdo que todo el mundo te consideró. Ahora serás un loco más, uno de esos que, a la altura en la que estamos, ya no deben de quedar. Uno de esos locos soñadores. Y entre risas la gente murmurará, ‘allá va, allá va, ese que sueña, ese loco’.

Pero en esa eterna fila de casillas, el camino cada vez se estrecha más, y más, y más. Y cada vez es más angosto, y al final el camino, se convierte en un hilo. Un hilo tenso, fuerte, de acero, fuerte, tenso. Y cada vez, los de atrás te empujan más, y lo de adelante te arengan, continua, sigue, más rápido, mas fuerte, mas, corre, corre.

Solo te quedan dos opciones, cortarte con tu camino bien colocado de baldosas, negras y blancas, el tablero lineal del mundo, y la otra es caerte. Te caerás a la primera casilla, a la de los mediocres y malditos. Pero no te apures. Nunca te apures. Todo el mundo lleva ya los pies cortados, el corazón negro y los ojos muertos. Todos somos ya iguales. El mundo es una tremenda yogurtera, que poco a poco con calorcito nos da forma y nos da textura dentro de unos moldes bien perfectos, redondos o cuadrados, pero perfectos. El calor justo, la forma justa, el suero justo, la energía justa, con fecha de caducidad, …, tranquilos, la fecha la van alargando, debes de cotizar los suficiente para poder hacer mas huecos en la yogurtera.
Yo me releo estos últimos párrafos y, sinceramente, no encuentro nada diferente a lo que voy leyendo en otros libros. Ya lo sabemos. Somos grises. Nuestras vidas son grises, todo es gris. Mucha gente antes lo dijo, y mucha más gente detrás lo dirá. De una forma u otra. Con mayores o menores inexactitudes, más o menos poético, pero al final es siempre lo mismo.

Desde mi pupitre solo se me ocurre una razón que hace que, esta masa inerte que se menea bajo nuestros pies, tenga ese color tan repulsivo como el gris. Y a ti se te ocurrirá otra, compadre, y al de más allá otra. El tirano dirá que es por el pueblo. El pueblo dirá que es por sus líderes. El viejo dirá que es el joven, el joven dirá que lo ha heredado. Y solo los locos dirán que fueron ellos. Serán ellos los que digan que nadie tiene la culpa más que ellos. Ellos son los responsables de toda esta mierda. Por que no soñaron lo suficiente, no despeinaron lo suficiente su corazón, no pintaron de nunca sus manos de blanco, no hicieron todo lo que pudieron. Con esa energía del loco, con esa energía deberemos de continuar persiguiendo a esa mierda gris. Deberemos de mirar por debajo, y por encima, por detrás y por delante, hasta que encontremos eso que ya sabes. Ese polvo bonito, inoloro, complejo. Nuestro azúcar glasé.

Por eso, estoy donde estoy. Por que esta situación algún día acabará. Algún día esa masa gris explotará y llenará, como los tiburones, el cielo de guirnaldas, las mesas de pupitres, y nuestros ojos de nuevas metas, de nuevos horizontes y de nuevos sueños. No lo veremos, pero llegará.

jueves, noviembre 09, 2006

[3]. la vida fluye.

Pues si compadre, la vida fluye, y todo además. Unas veces más rápido, otras veces más lento, pero fluye. Y eso es lo divertido, lo apasionante de la vida.

Ayer me dijo una niña, mientras el viento del columpio movía la capucha de su abrigo rojo, “me gustaría subir hasta el cielo, hasta las estrellitas, y después dormir ya”. Me quedé acomplejado. Y sonreí. Le dije que eso estaba muy lejos, que mejor iríamos al sol. Que también era una estrella. No le convencí, por que más tarde me preguntó si sabía como eran las estrellas. Yo le dije: ‘si como el sol’. Ella me dijo: ‘que va, las estrellas tienen pinchos’, y dijo algo mas, que ya no recuerdo. Quizá si lo recuerde y no me quiera dar cuenta. El caso es que esa niña en ese columpio quiso volar. Mucho más lejos de lo que yo me haya planteado nunca. ‘Hasta el cielo, hasta las estrellitas’. Quizá nos falte a todos un poco de piterpanes en nuestras vidas. No se que yugos nos ponemos en los hombros que nos impiden mover el columpio y sentir la brisa cada vez mas fuerte en nuestras caras, en nuestros abrigos, en nuestras capuchas rojas. No entiendo el porqué. Nos auto-envejecemos cada minuto, perdemos sueños, perdemos el soñar, y así lo único que perdemos es el ansia de encontrar el puñetero frasco de azúcar glasé. Esa niña no entendía de yugos, ni de pesos, ni de fuerza, ni de dinero, solo entendía que cada vez veía mas cerca las estrellas, ¡y no necesitaba quien el columpiara! Eso si que es un avance. Lograr que no te columpie nadie, y que todo fluya según tus ganas de volar, de remar en el lago, en el río de aguas turbulentas. Que fluya. Rápido, lento, a trompicones, a gusto del consumidor.

Rápidamente me doy cuenta de que mis remos se paran, y que mi barca no va a la velocidad que deseo. Esa idea me atormenta, por que sigo viendo la línea del horizonte imperfecta. No, no es una línea continua, lisa, perfecta. Tiene demasiados baches, demasiados agujeros, demasiadas cuestas, y mi barca se para.
Levantando ligeramente las piernas, volviéndolas a echar hacia atrás, levantándolas de nuevo, así consigo que mi columpio se mueva, que vuele hacia el horizonte, hacia ese horizonte imperfecto, hacia ese que hay que cambiar. Asimismo muevo mi barca, remando hacia delante, a derecha y a izquierda con el único objetivo de alcanzar el horizonte.

En este largo vuelo me encontraré con tiburones, como aquellos de los que hablaba Bertold Brecht, esos que serían personas y nos invitarían a entregarnos a sus fauces con alegría. Comprendiendo que es lo mejor que podemos hacer. Entregarnos a ellos y aquellos peces gordos y grises que con las panzas brillantes nos invitarán a introducirnos en sus gargantas para hacer así aun más brillante y gorda su panza. Para que estos grandes peces continúen saciando el hambre de los grandes y triunfadores tiburones. Tendré que inventar algo. Si bien acepto formar parte de aquellas panzas grises, no será para que me devoren si no para explotarlos por dentro, hacer explotar mi barca dentro de sus tripas e inundar todo el mar de amor y de color, con las panzas brillantes y grises de los malditos peces gordos. Que ahora se convertirán en guirnaldas y confetis, en fuegos artificiales para el asombro del respetable. Eso inventaremos. Y por los anos ya desvalidos de nuestros peces gordos, haremos pasar nuestros remos, una y otra vez, para que jamás vuelvan a pensar en reventar nuestros sueños. Malditos peces gordos.

Algo habrá que inventar para los tiburones. Tras tanta violencia se nos debería de ocurrir algo de sosiego. Algo tranquilo, que les atormente poco a poco. ¿O sería mejor acabar con ellos rápidamente? Tal vez sea mejor la primera opción.

Taponaremos sus anos con las carcasas de nuestros fuegos artificiales, y les daremos de comer nuestros confetis y guirnaldas. Poco a poco engordaran, hasta tal punto que reventarán. Al fin y al cabo deberían de morir felices, ya que ha sido siempre su único objetivo, deglutir. Así pues, no nos juzguéis, defensores de la moralidad, solo les hacemos un favor.

Así por fin, y de una vez por todas, podremos continuar remando nuestras barcas hacia nuestros horizontes. Cada uno el suyo, y el de todos será el de uno mismo, en grupos, de dos en dos, de tres en tres, juntos hacia el horizonte. Yo ya lo estoy viendo, seguramente, detrás de esa especie de colina rojiza por el sol del atardecer, brilla el frasco. Mi frasco. Tu frasco. Ahí esta, al alcance de tu mano.

jueves, noviembre 02, 2006

[2]. entornos.

Con aquel que buscaba el dulce y bonito azúcar glasé, continuaré buscando y viviendo los diferentes entornos que mueven mis tobillos mientras camino. ¿De que me serviría caminar solo por un camino sin pararme en la multitud de posadas que me voy encontrando? No serviría de nada. Encontraré posadas autoritarias, con ticket en la puerta, con orden de entrada, donde un señor grande, gris, con enormes bolsas bajo sus ojos tristes, con su traje brillante por el uso, con esa corbata ceñida al cuello y atada a su bonita camisa azul de rayas con una enorme aguja chapada en oro que cuidadosamente su “señora esposa” ha limpiado por la mañana, que al grito de ¡alto!, me obligará a enseñarle “el carné de los tristes”. Entonces entraré, en esa maldita posada y observaré todo. Observaré a todas las personas que entren en ella, y pediré el libro de visitas para leer quien ha entrado en ella. Y pediré el libro de reclamaciones, con el único propósito de leer aquellas razones por las que las personas que pasaron por allí no se encontraron lo suficientemente a gusto. Y lo encontraré vacío. Nadie escribió nunca nada en esas páginas. Nadie. Pero allí entraré por que quizá encuentre algún indicio de dónde carajo metí mi bonito bote de azúcar glasé.

Entraré también en las posadas del amor. Donde todo sea bonito. Donde estés tu, y él, y ella. Allí me encontraré bien, pero no entraré para descansar. Entraré a pintar cada una de sus habitaciones, ha hacer obras continuamente. Primero dejare el piso diáfano. El baño en esa esquina, la cocina en el centro, el dormitorio con el balcón que da hacia ese bonito río que correrá por debajo de nuestros pies para que la luna de julio se refleje, y nos de consejos de cómo cantar según qué canciones, y nos escuche cuando comenzamos nuestra historia, una y otra vez. Y a final de mes, volveremos a pintar las paredes, y no nos gustará, y pondremos papeles de colores. Y los días que no sean tan bonitos, abriremos una ventana nueva, para que nuestros corazones griten tranquilos desde nuestras gargantas y nos escuchemos directamente sin el eco de las paredes vacías.

Entraré también en alguna posada donde me impidan la entrada. Entraré desnudo y solo leeré el libro del “reservado derecho de admisión” para entender los porqués de ese impedimento. Seguiré, seguramente, sin entender nada, pero al menos saldré de ella vestido. Más rico, por que les habré robado parte de su saber, y yo seré más ignorante. Pero más feliz. Por haber entrado, por que me lo impidieran, por que me lo impidieron, por que tendré que correr a la salida, por que si. ¿Y por que no?

Y supongo que entraré en la casa de los sabios disidentes. Allí será donde más me ría. De donde más rico saldré. Me reiré continuamente de sus falsedades, debilidades, tristezas, sabidurías, complejos, juicios, prejuicios, bondades y maldades, tonterías, …. Tendrán la posada llena de mierda, y los colores de las habitaciones no serán colores. Las paredes serán de cristal, no podrán pintarlas nunca, y de una habitación no se verá la de al lado, y tendrán las paredes arañadas por que su sabiduría es la mas grande de las ignorancias y pensarán que en su posada es donde mejor se come. Pobres ilusos. No hay nadie más triste que el que lo sabe todo. Lo sepa o no. A este paso con tantos juicios preestablecidos me prohibirán la entrada en todas las posadas de todos los caminos. ¿Qué puedo hacer? Continuar entrando en posadas, donde me salgan a recibir, donde me salgan a perseguir, donde no me quieran ver, donde me amen, donde les sea indiferente, donde me sean indiferentes, continuaré probando y buscando posadas e indicios de me digan donde ostias metí mi bonito frasco de azúcar glasé.

viernes, octubre 27, 2006

[1]. sobre la vida y el caos.

Ayer fui un loco. Fui un loco por andar. Andaba y los que están sentados miraban. No entendieron el movimiento de mis pies. ¿Cómo alguien puede sentir a estas alturas que el viento de sus pasos despeine lo más profundo de su corazón? ¿Cómo alguien puede sentir ilusión, a estas alturas de la vida, por el cambiante color de sus zapatos al mezclarse con las baldosas? ¿Cómo puede haber alguien, en la altura en la que estamos, capaz de regocijarse con una simple chincheta clavada en la mugre que estropea sus zapatos? Pues que quiere que le diga compadre. Aún queda gente así. Capaz de preguntarse esas, y muchas otras preguntas, a las cuales solo puedo contestar con la desobediencia. Aún queda lo peor. Lo peor es, compadre, que cada vez hay más preguntas, cada vez hay más preguntadores, cada vez hay más dudas. Y cada vez hay menos respuestas. Y no se me ocurre la forma de contestar. Para ello debería de parar. Debería de descansar. Y eso no es posible. Eso significaría que el caos inundaría mi vida, de la misma forma que inunda a los que preguntan. Prefiero el caos de los que andan. Los que andan preguntan, eso es cierto, pero a cada pregunta le surge una respuesta, en el suave ritmo de sus cordones al caminar. Caminar. Caminar. Caminar. Caminar.

Ayer fui un loco por andar. Y desde dentro de mi locura creo que un paso vale infinitamente más que mil palabras de la cordura de una de esas preguntas sin respuesta. Por esta razón, no miraré a los que me miran, a los que denuncian mi locura, a los que quieren que pare, a los que quieren que la ilusión se ahogue entre almohadas, a los que miran desde su balcón, extrañados, a la gente que anda, a los que incitan a la posesión, a los que poseen, a los que miran desde el pedestal los errores de mis pasos, a los que juzgan mis recorridos sin sanar los chichones de mi frente, a los que se cansan, a los que en la meditación pierden la inercia del que anda, a los que tragan sin masticar, a los que degluten el día a día sin saborear la fina capa de azúcar glasé que suavemente roza nuestros pasos al caminar.

Joder, y todo esto sin ahondar en el conocimiento ajeno, en todo aquello que lleva al personal a caminar. ¿Por qué caminas? No lo se. Camino.

¿Y que es la vida, sino una sucesión de pasos entre los azucares, las postillas, las cicatrices, las sales, las selvas, los caminos, las historias, los sentidos, los golpes, las andanzas, los laberintos, las enseñanzas, los dolores, los sinsabores, el olor, el sudor, la mierda, la flor, la nube, la tormenta, el sol, la tierra, la noche, el vuelo, la carrera, la desidia, las esquinas y las farolas del corazón? Ahí cabe todo compadre, por más que se empeñen los negociantes de ideas, aquellos que lo saben todo, aquellos que no callan, aquellos que no escuchan, todos ellos empeñados en hacer callar la voz disidente de nuestros corazones. Y todas aquellas personas que desde la disidencia creen más alta su meta por el mero hecho de ser suya, de poseerla. A todos ellos mi más sincero pésame, por la muerte de todos y cada uno de sus tristes corazones. Por que nada hay más grande que vaya a pasar por debajo de nuestros pies que las metas de los que caminan. En grupos, por parejas, solos, en manada, nunca en coche, eso es para los quietos. Nada que nos haga mas felices que las metas de los compañeros que cantan caminando, de los que triunfan desde el más recóndito de los charcos del camino. No hay nada peor que ver la meta en un sillón. Que verla en la autocomplacencia del que lo grita todo. Ese lo tira todo por el suelo, se atraca de azúcar glasé pero no siente los pasos ni el suave ritmo de los cordones al caminar. Malditos disidentes que lo saben todo. Ellos no disiden de nada. Solo disiden de nuestras metas, de nuestros pasos, de nuestros cordones. Seguramente que su ritmo sea más apasionante, mas vivaz, mas elocuente, más atrevido, seguramente sea más. Pero como lo saben todo, no son disidentes, ellos no perdonan nuestra ignorancia, ellos ya saben lo que hay detrás de esa puerta. Por eso no son disidentes de nada, más que de nosotros.
Y ayer era loco por andar. Y hoy seré loco por cagarme en el disidente sabio. Un disidente siempre será ignorante. Siempre será un iluso de mierda que tenga que destapar absolutamente todos los frascos para adivinar donde narices metió el azúcar glasé. Realmente se acuerda. Perfectamente. En el del tape naranja, que estaba ligeramente rayado por arriba y se pegaban las manos por el pegamento mal fregado del precio. Pero no se atreve a rebuscar en su cerebro. Prefiere abrirlos todos, prefiere buscar, prefiere divertirse buscando. Prefiere abrir todos los cajones de todos los armarios de todas las habitaciones, para encontrar todos los frascos y abriéndolos uno a uno, acordarse de que el azúcar glasé no huele y que no tendrá más remedio que probarlos todos y cada uno. Lo más divertido de todo es que seguro que hay alguien que desde su pupitre recuerda al caótico buscador de azúcar glasé, la locura que le invade y el caos que tiene en el pasillo. ¡! Tienes todos los frascos abiertos !¡ ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Cómo puedes vivir así? ¿No te das cuenta que el azúcar glasé la guardé en el frasco del tape naranja? Lo saben todo. Siempre ganan. Ellos creen que ganan. ¿Y lo bien que lo pasé, probando todos los frascos? Eso solo queda para nosotros. Eso es lo más divertido de todo. Que hemos estado mirando, observando, chupando, sudando, meándonos, saltando, rebuscando, abriendo, cerrando, riéndonos, …, caminando. Soñando.

miércoles, octubre 18, 2006

Buenos Días

Azucarando .... siempre